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¿Quién es el culpable?, le pregunta Gustavo Guevara a un auditorio que lo escucha con fascinación. Ya ha enumerado varios de los grandes problemas de México y ahora quiere poner el dedo en la llaga. El público queda en silencio, pero Gustavo le lee el pensamiento a muchos: “El presidente” dice con un dejo de ironía. Luego aclara que no, que cada individuo es responsable por lo que pasa en el mundo.

Gustavo Guevara es un joven mexicano de 27 años que tiene una enfermedad llamada “Osteogénesis Imperfecta”. Este padecimiento hace que sus huesos sean frágiles como cristales. Ante el más mínimo golpe o caída, Gustavo se fractura. Esto le ha sucedido 70 veces en su vida. Tiene que movilizarse en silla de ruedas porque sus extremidades no toleran el peso del cuerpo.

Hace cinco años, Gustavo tomó una de las grandes decisiones de su vida: dejaría de quejarse. Ya estaba harto de preguntarse “¿Por qué a mí?”. No había sino nada fácil para él ir de un médico a otro, de un hospital a otro, sin esperanzas de recuperarse.

Por eso, un día tomó la decisión de no sufrir más. En lugar de ser el espectador de su propio dolor, se iba a convertir en agente de cambio para todos. Desde entonces ha recorrido todo México creando conciencia para que termine la discriminación en contra de los discapacitados, a quienes sería mejor llamar “personas con capacidades especiales”.

Asumimos las verdades sin digerirlas

En una de sus intervenciones, Gustavo comenzó cuestionando los imaginarios populares. “¿Con qué se asocia el color rosa?”, preguntó. Desde el público se escucharon voces tímidas que indicaban: “A las niñas”. “Al amor”. “A las rosas”. “Al cáncer de seno”.

Después de escuchar varias respuestas, Gustavo trajo a colación un dato histórico que no muchos conocen. Hace varios siglos, cuando las monarquías dominaban el mundo, el rojo era por excelencia el color de la realeza. Esto se debía a que era muy difícil conseguir el tono y por eso solo tenían acceso a él los círculos reales. El hijo del rey, por ser el príncipe, no debía vestirse de rojo, sino de color rosa.

La intención al contar esta historia no era otra que la de mostrar la prueba fehaciente de un equívoco. Muchos le atribuyen un significado a la realidad, porque lo han escuchado de otros y se lo han repetido desde niños. Sin embargo, están en un error. No se dan cuenta de esto porque en lugar de digerir esas informaciones, simplemente las asumen como ciertas. Y ya está.

Una cruda realidad

Durante sus intervenciones, Gustavo Guevara también se refiere a la realidad mexicana, la cual no dista mucho de la de otros países latinoamericanos. Indica, por ejemplo, que la imagen de los mexicanos frecuentemente se asocia con individuos borrachos, mujeriegos, dicharacheros y flojos. A eso contribuyen personajes famosos que los han representado, como “Speedy Gonzáles” y otros.

Así mismo, el expositor ofrece una serie de datos que son espeluznantes. México ocupa el primer lugar mundial en obesidad infantil y el segundo en obesidad adulta. El primer lugar internacional en acoso escolar. Líder en embarazos adolescentes. Primer lugar en estrés laboral. El 14% de los niños no asiste a la escuela. Casi el 30% de los niños menores de 14 años trabajan. El 71% de los hombres y el 65% de las mujeres han sido violentados. Más de 50.000 niños están involucrados en el crimen organizado. Hay 20.000 que son explotados sexualmente y más de 80.000 son utilizados en pornografía…

Gustavo indica que, frente a esto, mucha gente simplemente alega que no es el causante de esos problemas y que no participa de actividades ilícitas. Sin embargo, aclara, tampoco hacen nada para solucionar las graves dificultades de su sociedad.

La luz al final del túnel está en cada uno

Uno de los datos más interesantes que aporta Gustavo Guevara es que los mexicanos se rehúsan a tomar la iniciativa por tres razones: por temor a ser rechazados o que no los tomen en cuenta, por miedo a fracasar o porque no quieren terminar siendo los únicos que trabajan por solucionar los problemas.

Frente a ese panorama, lo que Gustavo concluye es que se necesita una revolución en la mente de las personas. No expresada en un trino, o en un post de Facebook, sino en acciones. Cada quien tiene que entender que se necesita de su concurso individual para solucionar los problemas colectivos. Si los demás están bien, el individuo también estará bien.

La luz al final del túnel aparece cuando la gente deja de cuestionar y, en lugar de ello, actúa. La mayor crisis es mental. No se piensa, no se cuestiona, sino que simplemente se asume la realidad tal y como está, sin diseñar caminos para construir un mundo mejor.